miércoles, 10 de octubre de 2012

EL DISCO DE LA SEMANA

THE SMOKE: The Smoke (Sidewalk/Tower, 1968; reedición en CD por Kismet Records, 2010)
Qué prodigiosa década en la que se facturaron una cantidad increíble de obras maestras que pasaron desapercibidas, ahora artilugios sonoros de culto afortunadamente redescubiertos. El talento desbordante de jóvenes inquietos y arrebatados por la música y la posibilidad de grabar discos repletos de canciones con más que suficientes medios aunque su impacto comercial fuese previsiblemente escaso hacen de esos años una fuente casi inagotable de pequeñas joyas que tras su escucha pasan a engrosar un tesoro musical incalculable.
THE SMOKE es una de esas obras, una rareza fabricada en la Costa Oeste norteamericana que debe pasar a considerarse una pieza fundamental del soft pop y del pop psicodélico y barroco junto a obras de Left Banke, Harpers Bizarre, Millennium, Sagittarius, las producciones de Curt Boettcher, los Association, los Beach Boys, etc.
Una colección de canciones de sonido impecable con un responsable casi único: Michael Lloyd, joven músico y prodigio de los estudios de grabación, compositor, multinstrumentista y productor que había militado en la primera formación de la West Coast Pop Art Experimental Band y con los que grabó su VOLUME I y luego fue apadrinado por Kim Fowley. Junto a un guitarrista y a un batería, que aportaron su labor al disco, aparece en la portada (además de Jimmy Greenspoon de los Three Dog Night, que ni siquiera participa en el disco), pero The Smoke nunca fueron una banda real, más bien un proyecto de estudio para desarrollar las ideas de Michael Lloyd.
El LP se inicia con el particular homenaje de Lloyd al single de 1967 de los Beach Boys Heroes and Villains titulado Cowboys and Indians, tema de intenso y rico sonido con gran presencia de teclados y armonías vocales y el toque psych del theremín. Looking Thru The Mirror es la pieza más soft pop del disco, rememorando a unos Beach Boys de 1965-1966, Sunshine Company o unos lejanos en la distancia pero no tanto en el sonido pop que conseguían Free Design. Self-Analysis contiene, de nuevo, un familiar aire a los Beach Boys y su costumbrismo alucinado pero en esta ocasión de su etapa del LP FRIENDS, minimalista en instrumentación, delicada y bizarra. 
Gold Is The Colour Of Thought es una composición que muestra la habilidad de Lloyd para tratar con partes orquestadas y al mismo tiempo otras propias del rock, una producción con abundante uso del eco e influencia muy de los Beatles, con una lujosa coda plena de orquestación. The Hobbit Symphony, que enlaza con el pequeño interludio The Daisy - Intermission, es curioso pero quizás lo menos interesante del LP, un tema que arranca como un rock de sonido de San Francisco con guitarra afilada sobre un ritmo de R&B insistente y que da paso a una parte con guitarra de instrumental western, una sinfonía de bolsillo a lo Beach Boys con inclusión de un fragmento de una canción de inmediato reconocible, el Coconut Grove de los nunca suficientemente ponderados Lovin' Spoonful. 
La cara B del LP es como una suite en la que todas las canciones componen un bello conjunto, empezando por el pop de altos vuelos de Fogbound lleno de armonías vocales, profusión de instrumentación (incluso con un pequeño toque soul con los metales) a lo Association y un guiño al Lucy In The Sky With Diamonds en sus momentos finales. Asombroso. Song Thru Perception y Philosophy son dos estupendas composiciones de soft pop barroco que parecen extraídas de un LP de Left Banke, con más protagonismo de los ricos arreglos vocales en la segunda, muy propia de un inspirado Brian Wilson. Umbrella, una de mis favoritas, es estupendo pop de aires ingleses tal cual lo hubiese hecho otro gran desconocido, Billy Nichols.
Y tras Ritual Gypsy Music Opus I, las dos últimas canciones de este corto pero encantador álbum, la vigorosa October Country repleta de clavicordio que contrasta con el suave arreglo vocal, y el pop intenso con imaginativa melodía llena de cambios, importantes metales, guitarra de sonido electrónico y batería de profundo efecto de Odyssey.
Una obra plenamente recomendable para aficionados al pop psicodélico y para degustadores de buen pop, imaginativo y complejo, a cargo de un pequeño genio que posteriormente a esta aventura hizo fortuna con sus producciones, incluso la de la banda sonora de Dirty Dancing en los 80. Me alegro por él y su éxito, y que no haya pasado penalidades como tantos otros genios del pop más underground!
David