miércoles, 16 de marzo de 2016

VINYL: THE GOLDEN AGE OF ROCK 'N' ROLL! (CON SPOILERS)

¡ATENCIÓN! ¡Este artículo contiene spoilers!
En esta época en la que levantas una piedra y sale una serie de televisión que promete ser the next big thing los temas a tratar no abundan y era más o menos previsible que tarde o temprano el mundo de la música popular acabaría siendo el hilo conductor de la trama. Los entresijos de la industria discográfica en los momentos en los que ahí se ganaba dinero (y también se perdía a paladas) y el indiscutible carisma y magnetismo de las estrellas de rock eran demasiado tentadores para desperdiciar tan buen material repleto de anécdotas e historias mitificadas que siguen espantando a "la gente de bien".
Ese material en malas manos podía acabar siendo una tonta caricatura pero en manos de gente que conoció ese mundo y que ama la música (Scorsese, Jagger) se consigue algo serio y repleto de guiños para los amantes de la música popular de aquellos años. La serie, que se inicia en 1973, se sitúa en el momento justo para reflejar los entresijos, normalmente sucios y bañados en polvo blanco, de la industria del disco. 
Ya se trata de empresas que mueven enormes cantidades de dinero y cierran tratos multimillonarios que en contraste con su relativa juventud destilan decadencia: el riesgo lanzando nuevas y rompedoras bandas se minimiza, se apuesta por lo seguro pese a su siempre discutible calidad (a la hora de la verdad el que vende más discos para American Century es Donny Osmond), hay sangre nueva entre los ejecutivos discográficos pero se ven irremediablemente arrastrados por la vieja guardia que llega de los 60 con el cerebro quemado por el ácido, en una espiral de drogas, vicios y malas decisiones con las que pierden miles pero que encubren con sucias artimañas, como la destrucción de enormes cantidades de discos sobrantes.
Curiosamente, y estando involucrados en el producto Jagger y Scorsese en las primeras entregas de Vinyl aún no se ha mencionado a los Rolling Stones, una de las principales atracciones del circuito del rock e inevitables referentes, y se ha optado por darle preeminencia a los poderosos Led Zeppelin ¿Modestia de los implicados? ¿O no hay mucho interés en sacar -más- trapos sucios de la banda de Mick Jagger? ¿O aparecerán posteriormente y sacarán jugo de su jugosa y alborotada biografía?
El amor hacia el blues con el que Richie Finestra (una colosal creación de Bobby Cannavale) se inicia en la industria en una serie de esclarecedores flashbacks nunca es puro del todo y lo vemos que encaja en la misma a la perfección cuando demuestra pocos escrúpulos a la hora de engatusar a un joven y talentoso bluesman para que grabe discos de pop bajo el ridículo nombre de Little Jimmy Little, aunque años después intenta redimirse con él, apartado de la música pero espectador de primera línea en el nacimiento de nuevos ritmos urbanos negros.
Ese momento, en el que vemos los intentos de un joven negro de mezclar pasajes de discos de soul y funk, es esclarecedor de la idea de los creadores de la serie: te mostramos un momento clave de cambio musical con pocos miramientos, y es que a veces parece que estemos viendo uno de esos documentales de Historia de la Música, como Dancing in the Street de la BBC pero, hey, ¡no seré yo el que se queje de eso!
Y en esa misma línea podemos situar los insertos que emulan a icónicos intérpretes de blues, rock y R&B interpretando clásicos de esos géneros muy acordes a la trama que estamos viendo pero rodeados de un ambiente onírico. A destacar la aparición (que realmente parece eso, una aparición espectral) de Bo Diddley, segmentos en los que se nota la mano de Scorsese y su amor por la música de raíces negras como demostró en su documental sobre el blues.
Esa redención de Finestra es estrictamente musical ya que en lo personal coincide con el retorno hacia la autodestrucción, reveladora contradicción del auge de la creatividad en momentos de crisis. Impulsado por la cocaína y la electricidad de Bruce Lee (impagable cuando va al cine a ver Operación Dragón) redescubre la inmediatez de la música y su capacidad catárquica, y pretende relanzar su sello tras rechazar la oferta de compra de los krauts de Polygram, unos tratos que vimos desarrollar en los tres primeros episodios y que son de los momentos más divertidos de la trama. No habían pasado ni treinta años del fin de la Segunda Guerra Mundial y es comprensible ese odio.
Para eso "limpia" el catálogo de American Century (pero Osmond se queda) y busca nuevos talentos. Finestra es un tipo con olfato ante todo, y le bastan unos acordes del primer disco de ABBA para reconocer que será un éxito ante la incredulidad de su equipo. Ahí entran los Nasty Bits, grupo de punk-antes-de-que-existiera-el-punk y que es de los elementos de la serie que no me terminan de cuadrar. Es 1973, y los Ramones empezaron sus andanzas en 1974, y esos Nasty Bits suenan demasiado actuales.
Las referencias a la escena musical del momento son, por supuesto, abundantes y siempre bien recibidas por el aficionado. El episodio tres es hasta el momento el más generoso al respecto pero volveremos a eso en un momento. En la primera entrega dirigida por Scorsese y en la que despliega algunos de sus geniales ticks visuales nos podemos quedar con el catárquico concierto de los New York Dolls o la reproducción de esos momentos de management al viejo estilo cortesía de Peter Grant, celoso protector de los negocios de sus protegidos los Led Zeppelin y cuyo metraje original conocemos todos de The Song Remains The Same. Reproducir en ficción esas escenas no hacen sino cimentar el peso legendario de las mismas.
En el segundo capítulo la gloria se la lleva ese concierto de la Velvet Underground en la Factoría de Andy Warhol (y el hecho de que suenen los Blues Image!), pero el tercero, Whispered Secrets, se lleva la palma: no solo tenemos a Alice Cooper con un destacado papel en la trama, sino que se nombran a Dr. Hook (a los que demuestran bastante aprecio), MC5 como referente sónico a seguir, se ríen abiertamente de England Dan & John Ford Coley culminando un chiste recurrente que se venía desarrollando desde el inicio de la serie, asistimos a una gala con los capitostes de la industria y nos reímos con un chiste a costa de Neil Bogart, fundador de Casablanca Records, y su desmedida afición a la cocaína, y en la misma nos sorprendemos con los Raspberries ejecutando su I Wanna Be With You!
El casting y la construcción de personajes para la trama que nos ocupa es estupenda, sobre todo en cuanto a los componentes de la plantilla de American Century Records. Tenemos desde hippies trasnochados a socios de Finestra expertos en todos los trucos sucios para "arreglar" los libros de contabilidad y productores empeñados en pulir el sonido de sus bandas que me huelo que acabarán produciendo música disco. Y pese a que nos puedan caer simpáticos (la interacción entre ellos me ha hecho soltar más de una carcajada) los entresijos de la industria son expuestos sin muchos miramientos. Desde un intento de fichar a los Zeppelin que era más una estrategia publicitaria hasta la imbricación de la mafia con las discográficas (Donald Fagen y Walter Becker de Steely Dan fueron testigos en sus años como asalariados de ABC/Dunhill) pasando por el soborno a los pinchadiscos de las radios para que sus discos tengan más promoción hasta llegar a, oh, un asesinato.
Y es precisamente eso, el asesinato, lo que para mi supone la trama de menor interés de la serie. Sinceramente ya me parecían suficientemente atrayentes y entretenidas las historias centradas en el sello, la música y los vicios de los protagonistas, pero imagino que para el espectador medio poco interesado o escaso conocedor de los mitos del pop y el rock había que ofrecerle algo más que le enganchase, y un asesinato y sus consecuencias e inevitable investigación parecen lo más socorrido.
Sólo llevo vistas las tres primeras entregas de Vinyl, pero es desde ya una de mis series favoritas. Cada referencia, cada mito del rock revivido, cada canción que suena... es memorable. ¡Y nadie transmite el movimiento mandibular provocado por la coca como Bobby Cannavale!
David